Tuesday, October 13, 2009
De la muerte de Chayane y otras desgracias urbanas.
Tuesday, August 11, 2009
Bonita hora paisa del orto
Tuesday, March 24, 2009
Sunday, March 15, 2009
200 años de miedo a la Poe

Por Chano Castaño
El miedo del siglo XX lo hizo un hombre del que se habla bien cuando se trata de sus palabras y obras, pero del que se habla perversamente cuando de su conducta se trata. El miedo que viene de las pantallas de cine, que sale de la boca de los cuenteros, que atraviesa la imaginación de los niños, lo engendró este sujeto de bigote negro y rostro enigmático. Y cuando uno lee sus cuentos siempre queda una sensación de horror, una emoción perpetua de muerte, un ambiente lúgubre que se resume en una neblina espesa que cubra la calle, en un pozo oscuro, en una casa desquebrajada y espectral.
Si Edgar Allan Poe está cumpliendo 200 años de su nacimiento y 150 de su muerte entonces nuestro miedo, ese pavor explícito que carga la modernidad encima, también está de cumpleaños. Allan Poe está presente en cada momento de oscuridad que tiene un escritor y vive entre líneas cuando de temas góticos, policíacos y de horror se escribe. Sin su manera de componer, sin su fantasía fantasmagórica y su tensión constante, los cuentos que conocemos ahora no habrían podido ser escritos y tal vez nuestra existencia sería más aburrida y tranquila.
Poe nació el 19 de enero de 1809 en Boston bajo el seno de una familia artista, donde los padres eran actores que recorrían el país haciendo teatro y recibiendo aplausos y escupitajos. Su vida está llena de altibajos, de botellas vacías y continuo sufrimiento. A corta edad su madre abandona esta vida y él es adoptado por la familia Allan, de la cual tomará su apellido hasta la muerte, y de dónde viene su hombre de combate y fuego: Jhon Allan, ese padrastro militar que con reglas estrictas trató de controlar al impaciente infante, y lo único que hizo fue engendrar un poeta de lo monstruoso, de la locura, del alucine.
Edgar Allan Poe se escribe en la Universidad de Virginia ubicada en Charlottesville y empieza a estudiar lenguas. Entre la diatriba cotidiana y juvenil el poeta conoce el juego, la bebida, los libros imprescindibles y el sufrimiento. Como a un tahúr, en cartas y dados se le va el dinero y sus deudas crecen como maleza. Jhon Allan, su padrastro y protector, quien recibía toda la carga de esas pérdidas, se cansa y manda por el muchacho incorregible, que llega a Boston a trabajar en el oficio que salga. De ahí en adelante su vida dependería del viejo y mal remunerado oficio de escribir, del que aprovecharía el periodismo, la crítica y la prosa para conseguir unos centavos.
Edgar Allan Poe escribe entonces su primer libro, Tamerlán y otros poemas, del que sale un tiraje de 50 copias que desaparecen no por ser un éxito literario, sino por la poca fama del autor, quien también en ese tiempo se enrolaba en el ejército. Allí encontraría estabilidad económica y labores varias que lo entretendrían un tiempo, pero después volverían los problemas. Obtuvo el grado de sargento mayor en artillería y con ese avance intentó buscar alternativas; confesó a su primera autoridad, el teniente Howard, que había mentido en el formulario de inscripción y le pidió que acortara el tiempo de alistamiento y éste, piadoso y comprensible, le dijo que lo haría pero sólo si trataba de reconciliarse con su padrastro, Jhon Allan, ya que él podía ser clave a la hora de hacer la diligencia. Poe escribió una epístola de reconciliación que no fue respondida en meses. El padrastro ya tenía una actitud frente a él y al parecer era imposible hacerlo cambiar de parecer. Fue necesario un hecho trágico para que los dos volvieran a verse. Su madrastra, Frances Allan, quien lo había mimado y criado desde párvulo, murió sin que Edgar tuviera conocimiento del hecho, y hasta un día después de su funeral fue enterado, lo que llevó a que reaccionara fatídicamente. Cuando fue a visitar su tumba—ese mismo día después del sepelio—no pudo resistir la congoja, el horror, la melancolía, el miedo, y cayó desmayado como una golondrina que muere buscando el horizonte. Gracias al acontecimiento el corazón de Jhon Allan se ablandó y su comprensión llevó a que facilitara la diligencia del alistamiento de Edgar en el ejército, pero bajo una condición: debía matricularse en Westpoint, otra academia militar.
Borges decía que los hombres débiles sólo tienen las palabras para vencer y defenderse y así le pasó a Edgar Allan Poe. Tras un juicio marcial que lo declaró culpable por evasión de la autoridad militar y abandono del servicio, el poeta de Boston empezaría su vida como amanuense. Vendrían con el tiempo varias publicaciones que le harían ganar reputación pero también que le granjearían la fama de escribano alucinante y loco. Su problema con el alcohol es conocido por todo el mundo y es más su fama por esta condición que la que merece por su obra literaria. Hay quienes dicen que era un infatigable fumador de opio, pero hay otros que aseguran que nunca fue drogadicto, sino un solitario y empedernido compañero de las copas. Habría que estar allí, en pleno siglo XIX, para comprobar si sus intoxicaciones asiáticas eran reales o si son vanas falsedades que se han hablado en su contra. A Poe—como al siglo XX— se le ha acusado de todo: satánico, necrofílico, drogadicto, soñador, rapsoda, periodista, oscurantista, decadente y depresivo son algunos de sus calificativos más conocidos. Tal vez era todos y ninguno o algunos y otros no. En todo caso su legado tiene fragancia de cadaverina.
Edgar Allan Poe fue una influencia marcada que tuvo la literatura francesa y latinoamericana. Charles Baudellaire, el vate maldito de París, tradujo sus cuentos y reprodujo por todo un continente sus palabras, esas que narraban la historia de una casa que caía tras el resucitar de sus habitantes catalépticos; las mismas que ondinas, profundas, poetizaban al cuervo desperado que lleva al delirio a un hombre; esas palabras que sin duda alguna dieron vitalidad a todo literati que buscaba la urbe entre los párrafos, la ciudad y sus huecos insondables de amargura. Allan Poe creó la manera de alcanzar aquella sensación que procura el cuento moderno, y se inventó la trama policíaca, que a desembocado en la novela negra, aquel género de sangre, pólvora y misterio que tanto encanta a los lectores.
Julio Cortázar tradujo al español a Edgar Allan Poe. De esas traducciones—hay que imaginar al cronopio sentado elucubrando cada instante, cada metáfora, cada palabra eléctrica—muchos autores han dicho frases sueltas. Algunos aseguran que Poe es mucho mejor en español y en francés que en el mismo inglés. Hablan de tosquedad en el estilo, de imperfección, y dicen que hubo muchas correcciones por parte de los dos grandes literatos que se ocuparon de traducirlo. Lo cierto es que las versiones de Cortázar son espectaculares, todo un trabajo admirable y artístico que seguramente hizo mientras trabajaba en su oficina de la Unesco, fumando, ensoñando a Poe sobre las calles de Boston y New York, imaginándolo como un sujeto tan triste y tan fascinante como su palabra escrita.
Borges fue otro latinoamericano que habló de Poe desde todos los ángulos. Fue crítico y admirador de sus escritos y seguramente, en su lectura activa y precisa, encontró millares de emociones. En sus famosas seis conferencias, dictadas en la Universidad de Harvard en el transcurso de 1967 a 1968, dijo que Poe lo había impresionado cuando era joven, pero que ya en la adultez sus historias llegaban hasta a incomodarle por el estilo del autor. Borges también cita al famoso poeta norteamericano Emerson, quien siempre dijo que Poe era el hombre ripio. A esto Poe siempre contestó de manera crítica y astuta, pues para él la filosofía trascendentalista de Emerson y David Thoreau no eran más que misticismos inapropiados, mal usados y con intenciones puramente retóricas más que sustanciales. Pero Borges también escribió un poema sobre Edgar Allan Poe que tiene versos estremecedores y musicales, de los cuales resaltan unos que dicen: Como del otro lado del espejo/ se entregó solitario a su complejo/ destino de inventor de pesadillas./ Quizá, del otro lado de la muerte,/ siga erigiendo solitario y fuerte/ espléndidas y atroces maravillas.
El pasado siglo XX, gestor de dos guerras que casi nos destruyen y desembocaron en la bomba atómica, creador de genios como Vicente Aleixandre y Roberto Bolaño, epicentro de invenciones tan grandes como la internet y las naves espaciales, lugar de nacimiento de generaciones místicas y revolucionarias como las de los 60´s, es un siglo que va a ser recordado por la humanidad con fervor y pavor. Y ese temor protuberante de nuestra sociedad, esa temeridad en las calles y en la oscuridad, ese miedo incesante frente a lo natural y lo artificial, esa emoción de vacío y desespero, la ayudó a nutrir Edgar Allan Poe. Nadie dice que este sentimiento no existiera desde el principio de la humanidad, pero indudablemente las formas y mecanismos que el propio hombre ingenia para crear pánico en la modernidad están llenas de las fórmulas de Poe, de su estilo para llevar los acontecimientos, de su ritmo para encuadrar toda una escena espeluznante.
Por eso es que este 2009 no puede ser un año vano. Hay que recordar al padre de nuestras pesadillas cada día y leer sus poemas y cuentos para ser concientes de que el miedo a la Poe está presente en cada esquina, en la conversación cotidiana, en las miradas penetrantes, en las presencias alteradas, en las sombras de media noche, en las palabras duras, en los fantasmas ocasionales, en las películas de zombis, en las historias de suspenso. El mundo no puede dejar pasar los 200 años del nacimiento de Poe pues olvidarlo sería volver a descubrir el miedo nosotros solos, y ya no tendríamos esa guía fantástica que nos lleva de la mano a través de casas embrujadas, de cementerios malditos, de gatos negros y péndulos infinitos. Edgar Allan Poe es el miedo de la modernidad y esta era le debe esa faceta, ese rostro misterioso que nunca permite sentir el límite. Y el hombre le debe un agradecimiento porque en su literatura se camuflan elementos de la naturaleza humana más perversa y oscura, y tal vez sin aquella poesía melancólica y aquellas narraciones tensas, no hubiéramos descubierto que somos seres de dos caras. Seres que también ensueñan la muerte, el desastre, la tristeza y el olvido.
De Shekaspeare y otros retratos azarosos

Por Chano Castaño
Wednesday, March 11, 2009
El Tren IX
Wednesday, February 18, 2009
El Tren VIII
Monday, February 16, 2009
El Tren VII
Friday, February 13, 2009
El Tren VI
Wednesday, February 04, 2009
El Tren (V)
Tuesday, February 03, 2009
El Tren (IV)
Sunday, February 01, 2009
El Tren (III)
Sunday, January 25, 2009
EL tren (II)
Saturday, January 24, 2009
El tren (I)
Wednesday, August 27, 2008
Todos recuerdan a Silva, pero ¿quién se acuerda de Candelario Obeso?

Por Chano Castaño
Tuesday, August 19, 2008
Escritores modelo 2008=No lectores 200?
Wednesday, February 06, 2008
Una llamada desde el puente del arte
Por: Andreas Casta
Le Pont des Arts;
una sumisa palabra
canta lacrimosas caravanas;
goteras de romana fémina.
Latina subterfugia;
esperanzador naciente
como el ojo de la selva.
Valía vida
soplo versos en tu boca de lamentos.
En la mañana, hoy,
el piano laurantino de tu garganta
legó al amanecer
un encuentro en el camino.
Tu voz, boreal océano, habló en tu cuerpo.
El mundo separa
con la intención de cantar
un relato de amores inmortales.
Bailarinas, escribas: a ninguno llamo.
Mi historia ya tiene latinas y palabras.
Siento renglones de tierra
danzas en olas rojas,
poemas de viento y fuegos íntimos:
de mi cuerpo brota un oasis melancólico
y de ti vienen los sedientos de tristeza…
Foránea maja del gemir sudario,
no te quejes por amores del ocaso;
ellos vienen cubiertos por lana de estrellas
en una mandrágora de luces.
Vulcano sentir, no vibres por pecas de viento.
Algún día sobre la marcha
del cruzado camino que andamos
encontrarás el ánima votiva
que nunca se irá para siempre.
Una voz la deja ir, la deja ir…
Llamada desde el puente del arte: un poema, una maja, una causa…la deja ir.
Saturday, January 19, 2008
Lágrimas amargas
Insatisfacción. Melancolía. Dos palabras y dos puntos que las separan. ¿Serán pupilas descarriadas lo que las distancia o veré doble en razón de mis tristezas? Já, una carcajada con alas de mariposa me sale de la boca y se pone sobre este papel en blanco. Si escribo sobre sus alas con lágrimas amargas seguramente la ceniza me pintará el rostro. Si hablo con el ánima de mis intimistas voces tal vez aquel demonio amarillo salido de una crisálida sin cara me llene la boca de silencio. Mejor me callo y que siga esta voz de las líneas, que viaje sobre las autopistas del sentido y regrese porque olvidó en su casa la última palabra que otorgó fuego a sus caminos: despertar.
Desdicha. Furia. Dos palabras que no entran en mi casa de ojos, oídos y fosas. Cinco parejas de letras que se aman sobre un epistolario que cabe en un renglón: unas se tocan sin la punta de los dedos (porque no tienen) y las otras se lanzan, de un lado a otro, el espejismo de un recuerdo. Já, otra risilla que sepulta los llantos subrepticios de estos parpados hinchados, rojos, a punto de estallar por la falta de comprensión que se les tiene. Y lo mejor de estar así, al borde, es mirar el horizonte desvirtuado por mis temblores escleróticos. Ver aquella ciudad hirviendo en sus entrañas pintadas con soledad y dureza, observar los caminantes que se van metiendo entre sus bolsillos de ladrillo hasta dormir en los brazos de un dios que jamás tuvo un pueblo.
Vergüenza. Arrepentimiento. Dos palabras tan extensas como el ferrocarril que recoge los poetas de mi alma y los lleva hasta sus destinos sin lugares. ¿De dónde viene eso de que el que llega nunca estuvo? ¿De dónde sale una paradoja que no se choca, una afirmación que siempre cae? No sé cuántas preguntas son capaces de trabajar en mi cerebro, pero estoy seguro que detrás del cráneo soplado por cebada y nicotina hay una fogarata inmensa de imágenes entrañables, sonidos y ecos espectrales que me recuerdan el origen y las instancias fatalistas. Y lo peor de estar así, alejado de las oquedades de la vida, es verse y no verse en el revés de las monedas y las manos, es tocarse en la transparencia inútil de nuestra fantasía asustada por la pólvora. Porque si estas palabras me recuerdan algo más furioso que las llamas, es a la misma palabra, que entre batallas sin tiempo ni espacio logra acercarnos a la perfección que nunca somos. Intenta. Desfallece. Pero siempre alcanza ese punto en que dijimos nunca volver a cometer errores ni salir por las puertas que nunca se deben abrir. Sí, ese sitio tan desconocido que merece una estampa igual de enigmática: la muerte.
por Andrés Castaño
Sunday, August 26, 2007
26/8/07
En mí las palabras brotan y cuento tantas cosas que me enredo entre hilos invisibles, y brotan arañas de seda que me aprietan el cuello y me sueltan el alma, arácnidas presencias que van tejiendo la existencia felicita y la presencia amatista. En mí, como cuando llegaban las mareas de otras frases, un río de sentido cae desde las cascadas inocentes dejando a su paso piedras poesía y peces de colores, y me siento lleno de todo cuando canto un rostro, una mirada, un gemido. A veces pienso que no estoy solo ni que la soledad existe, ya que todo parece estar detenido para que lo escriba y lo muestre desde mis ojos sin ángulo ni juicio.
A puro son de tierra me sabe la vida, a guitarras revoleras que cantaoras bailarinas danzan mientras vibra la cuerda bucal de mis instancias, porque en mí aquellos que vienen de atrás se transforman en seres espectrales y aquellos que vienen de adelante se vislumbran como fantasmas que se agobian de su propia ausencia, de la fatalidad hirviente que nos mide el tiempo y las arrugas en el pecho.
En mí otros se enamoran, y se conocen en los bares de mi memoria y se besan cuando les hago un alba entre mis párpados, se abrazan mientras mis venas dejan correr la sangre de su sangre y en el momento justo en que beso una boca de ciruela, un cuello de guanábana, un pelo de uvas frescas, ellos se transforman en amantes simultáneos y espejos rotos se unen en las pieles y músicas de vientos atraviesan mis oídos. En mí ellos dan serenatas sobre balandros y se toman de la mano para cruzar parques fríos y primaverales, se tocan en la punta de la nariz con helado de flores amarillas y cambian de parecer cuando seducen sus propios corazones, y algunos se casan para ser familia de mis segundos bien gastados y otros separan sus cuerpos cuando cansado me acuesto sobre una cama de plumas blancas. Y ahí sueño, ahí me convierto en una deidad perfecta que los mira sobre sus coronas y les susurra imágenes que no entienden y sinfonías que nunca bailan, les muestro una realidad que me venden en paquetes de frunas y rollos de papel higiénico y les enseño odas para que cuando vuelvan sobre mis senderos se acuerden que alguien también los quiere.
Lo peor viene es cuando despierto y veo tu sombra mutilada por la distancia y tus labios metidos en una sombra de claveles, lo más siniestro me acontece cuando sé que yo no me enamoro porque mi cariño se aleja entre los climas indescifrables de esta ciudad ahuyentada, salida por los cristales de su cansancio y secreta entre los muros secos y lientos.
En mí otros se enamoran. Y siempre somos tú y yo vestidos de todas las maneras y parados en todos los lugares. Y ahí entonces lloro, lloro porque tu amor sin límites se encasilla en mis romances intimistas, silenciosos, infinitos.
En mí otros se enamoran y ya lo sabes. Cuando me sueñas estoy besando todas tus presencias y queriendo que en ellas tu realidad aparezca.